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¿Se puede uno enfermar de migración?

Por Elizabeth Zamora Cardozo

La burbuja de la cerveza subía lentamente. Con mirada de zombis mi amiga y yo la mirábamos elevarse hasta convertirse en espuma. “Es que tengo un no sé qué”, me dijo. Estarás deprimida, le respondí. No, no es eso. A mis depresiones las conozco, dijo con tono de seguridad. Creo que estás enferma de migración, le dije. ¿Qué dices? ¿De qué se trata eso?, me preguntó. No sabía cómo explicarle. No sabía cómo definirlo. Pero sentí que ella tenía “migración”.
Esa noche caminé hacia casa preguntándome: ¿Se puede uno enfermar de “migración”? Entonces empecé a “curucutear” (la palabra que los venezolanos usamos para dar cuenta de un tipo de búsqueda) tratando buscar explicación a ese estado emocional. Fue así como encontré las investigaciones de Joseba Achotegui sobre el Duelo Migratorio, específicamente sobre el Síndrome de Ulises.  Aunque mi amiga no estaba en ninguna situación extrema, me sirvió para abrirme camino hacia un nuevo tipo de búsqueda. De reflexión.

El Síndrome de Ulises es el conjunto de síntomas presentes en migrantes que se enfrentan a un nivel de estrés mayor a su capacidad de adaptación. Es el duelo migratorio llevado a su condición extrema. (1)

J. Achotegui toma como imagen la travesía de Ulises en su intento de regresar a Ítaca. Destacó siete procesos que caracterizan al duelo del migrante. Estos son: La pérdida de la familia y de los amigos, de la lengua, de la cultura, de los paisajes, del estatus social, del contacto con su grupo de origen y de la seguridad física, traducida en el miedo a la deportación, y reforzada cuando se han realizado viajes peligrosos para arribar al país de destino. (2)
Aunque pienso que en este proceso hay multiplicidad de elementos, que además de los señalados habría que incluir en lo que al duelo migratorio respecta, creo que los mencionados son esenciales para comprender los estadios por los que el migrante transita.
Los síntomas que con mayor frecuencia se presentan son: tristeza, llanto, culpa, ideas de muerte, ansiedad, tensión, nerviosismo, preocupaciones excesivas y recurrentes, irritabilidad, insomnio, presencia de somatización en cefaleas y fatiga.

J. Achotegui señala que muchas veces a los migrantes se les diagnostica como deprimidos y que sin embargo, no se puede considerar deprimido o deprimida a una persona proactiva y llena de ilusiones. Que tiene deseos de luchar. De superar obstáculos, que presenta un abatimiento producto de circunstancias externas ocasionadas por una realidad hostil.

La primera gran verdad de la migración es que nos hacemos otros. De la manera que uno puede hacerse otro u otra, fuera de su lugar de origen. Para bien o para mal. Todo depende de las circunstancias vividas en el proceso. Hasta ahora mis explicaciones sobre el fenómeno estuvieron ancladas en la Sociología. Bastó que me convirtiera en migrante para verme en la imperiosa necesidad de seguir ahondando en el asunto. Mis propias vivencias me exigían explicar y explicarme. Buscar, buscándome. De allí mis reflexiones sobre lo que denomino “el alma migrante”.
Las circunstancias y vicisitudes de un grupo humano que se extiende de manera vertiginosa por el mundo, como es “el migrante”, al que muy acertadamente se ha denominado: “el continente móvil”, invita a la construcción de nuevas formas de comprensión y de análisis. Estas tendrían que permitirnos profundizar en esos rincones del alma que fluyen, en la medida en que los escenarios nos exigen formas inéditas de transitar y de transitarse en el espacio real y en el espacio interior.

Los síntomas correspondientes al desarraigo, la nostalgia, la añoranza, el miedo, el vacío, entre muchos otros que presenta el duelo migratorio, deben ser atendidos desde lugares de interpretación y de análisis acordes con los que la realidad del migrante demanda.

La manera en que se elabora la reconstrucción personal en el lugar de llegada, es tan múltiple como el universo de cada uno. Y tan intensa como las circunstancias particulares que rodean la partida. Todo dependerá de nuestra “musculatura” emocional. Migrar significa re-leerse. Sentir la imperiosa necesidad de leer a un otro diferente, sin conocer la cartilla de las letras con la que ese otro ha construido y construye su historia. Es una forma de conocer nuestras habilidades. Nuestra sombra. Nuestra luz. Y también la de los otros. El migrante lleva la transformación y el cambio marcados en la piel. Marcados en el alma.


(1) Achotegui. Joseba. “La crisis como factor agravante del Síndrome de Ulises”, Temas de Psicoanálisis, Número 3, Año 2012.
(2) Joseba Achotegui es médico psiquiatra, Director del SAPPIR (Servicio de Atención Psicopatológica y Psicosocial a Inmigrantes y Refugiados) del Hospital Sant Pere Claver de Barcelona.