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Migrar significa morir un poco. Y renacer también

Por Elizabeth Zamora Cardozo

Si me dijeran pide un deseo / yo pediría un rabo de nube / que se llevara lo feo / y nos dejara el querube / un barredor de tristezas / un aguacero en venganza / y cuando escampe parezca / nuestra esperanza. Silvio Rodríguez

Nací marcada para el gitaneo. De ello pueden dar fe aquellos choferes de los camioncitos de mudanzas, donde mi mamá colocaba su máquina de coser, junto a mi hermana Miriam y a mí, las varias veces que nos trasladamos de un pueblo a otro. Después de instalarnos en la nueva morada, colocaba un cartón  de madera en la puerta de la casa, donde se leía: “costurera”. Nuestro sustento estaba garantizado. De allí mi interés por las fronteras. Luego me convertí en una migrante “estudiosa” de la migración. He vagabundeando por calles que me han conducido a cuevas secretas. A rincones para mí, inéditos. Han sido las miradas ciertas, las conversas cómplices, los abrazos, los que han marcado el recorrido. Y sobre todo, aunque a veces no haya hilos de los que sostenerse, ha sido la capacidad de coser bolsillos rotos, esa que aprendí de mi madre, lo que ha permitido que no me desprenda de mi rabo de nube.

En medio de las múltiples dimensiones que identifican el acto migratorio, he comprendido que dejar la casa significa morir un poco. La parte que muere y la forma de morir, la resurrección o no, depende de la llamada “aritmética personal”. Reconocer este proceso me parece fundamental. La migración como proceso social necesita ser psicoanalizado.

Un medio día estuve pensando/ un medio día estuve pensando/ en la mujer que me hacía soñar/ las aguas claras del Río Tocaimo me dieron fuerzas para cantar…tarareaba yo, Matilde Lina, una de mis canciones favoritas. Al oído escucho el susurro de una mujer que me dice: “tanto trabajar, y ahora regreso sin nada, al menos levanté mis muchachos”. Nos miramos a los ojos. Era colombiana.  Escuchar Matilde Lina la hizo sentir hogar. Luego sostuvimos una emotiva conversa. Los pocos pasos que necesitamos para llegar a la próxima esquina se hicieron vida y canción. Se eternizaron en palabras profundamente sentidas. No supe su nombre. Ni ella el mío. Daba igual. Nos llamamos de la misma manera: Migrantes. Me quedé en una especie de limbo, pensando en todas las implicaciones del retorno. En todo lo que significa la vuelta a casa.

Nos sonreímos en el ascensor. Me preguntó: ¿eres paraguaya? No, soy venezolana, le respondí, pero conozco el Paraguay: le dije con alegría. Le conté de mis recorridos por su país. Planta Baja, nos advirtió el botón rojo. Abrió los brazos y me dijo: “dame un abrazo, quiero llevarme a casa todo los que sabes del Paraguay.”

El migrante se coloca frente a un mundo donde todo es nuevo. Esa novedad le lleva a re-conocerse en lo propio. En aquello que suponía ya comprendido. Sobre lo que muchas veces, ni siquiera se interrogaba. Se observa de la misma manera que observa a los otros; construye la más genuina filosofía, aquella que sale de la propia vida. De la necesidad de darse respuestas sobre la existencia.

Migrar significa atreverse a morir para renacer una y mil veces. Significa permitir que nuestro cuerpo se cubra de fuego, y que renazca desde cenizas vibrantes encendidas por los silbidos de las salamandras.