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Mi vida en una maleta: Un cuento que no es cuento

Por Elizabeth Zamora Cardozo

Tengo que colocar mi vida en una maleta. Son 23 kilos los que permite la línea aérea. En esos 23 kilos tengo que meter mi vida. Mis sueños. Mis pesadillas. Todo encapsulado. Resumido. Apretujado. Me llevo algunos discos. No puedo dejar la cadena de despechos resumidos en La Lupe. “Queee te pediiii, que no fuera total comprensión”. Es que yo siempre me despechaba con la misma canción. Me llevo la música venezolana. Está en la red, seguro. Pero este es mi disco. También me llevo  los domingos de mi calle. Y la sensación al leer El Nacional  en la pastelería Sabrina de la Avenida Miguel Ángel de Colinas de Bello Monte. Y sabía Dina cómo me gustaba el café con leche. Y sabía Dina que lo tomaba con leche caliente pero no hirviendo. Ni muy claro que parezca tetero. Ni muy oscuro que se acerque al marrón. Con espuma, pero no tanta, para que  no se me acabe en dos sorbos. Para que me dure largos instantes de periódico.

Encontrar el lugar del café-alma es parte del asentamiento. Entre todo lo que implica migrar, puede parecer superficial, pero no lo es nada. Tener una persona que te mira con mirada de hogar, y sabe cómo prepararte el café es una de las experiencias que te hacen sentir en casa.

Y sigo colocando mi vida en la maleta. Y se me hace realidad aquella pregunta: ¿si te fueras a otro planeta y tuvieras que escoger un objeto cuál escogerías? Aquel ejercicio es para mí realidad pura.

Regalo mis cosas. Mi vida se convirtió en un mercadillo. Mi historia se borra de objetos que hasta este momento eran totalmente míos. Nadie imaginaba qué pedazo de historia le regalaba. En el apuro, yo tampoco era capaz de detenerme a pensar cuál parte de mí se quedaba desprotegida. Desolada. Es como si me  hubiera rasgado en  pedazos. Es como si otras historias se superpusieran a la mía. Agonizante. Apretujada. Esos objetos perdieron mi nombre. El retazo de mi vida que pervivía en ellos. Las miradas maceradas con el tiempo.

Eso creía yo hasta que una noche entre susurros se presentó ante mí aquel pequeño  florero rojo de rayas azules, que  me regaló Olga Benítez, mi amiga de la  infancia cuando ambas teníamos ocho años. Y me contó cómo iban las cosas por allá. Por mi calle. A pesar de lo chiquito que era, había guardado todas las sonrisas y las miradas dibujadas en los rostros de mis amigos cuando miraban El Ávila. Y me contó que aunque yo no esté, las Garzas del Guaire siguen pasando por mi ventana. Que para ellas, las del amor garceril, no existe  el tiempo. Ni el espacio. Que siguen mirando mi figura con la sonrisa en los labios y la mano al viento, saludándolas cuando cada tarde se desplazan a recogerse en sus guaridas.