• Catalunya
  • |   Caracas
  • |   California

La migración como proceso de conocimiento

Por Elizabeth Zamora Cardozo

Si hay un condición que incita a preguntarse ¿Quién soy? esa es la de migrante. Migrar significa el desdibujamiento del MI. Después de que hemos experimentado la emoción de  haber logrado la meta;  arribar al nuevo país,  vendrá entonces el “síndrome del MI”.  He dejado MI país.  MI familia. MI casa. No me reconozco en este espejo.

En estos años de transitar-me por Barcelona he conversado con gente de distintos países de América Latina. Ellos repiten  una y otra vez: “sobre mi puedes escribir un libro”. Al principio estuve tentada a pensar en cierta postura egocéntrica. Con el tiempo me he dado cuenta de que la vivencia interior del migrante implica tantos cambios, que no hay persona que al igual que las serpientes, se haya liberado de la acción de frotarse dolorosamente el cuerpo contra las rocas, para ayudarse a  soltar las  viejas escamas  en  el proceso que implica el cambio de piel. En cada paso los migrantes van   impregnando de historias el gran libro de su vida.

No importa la nacionalidad,  la cultura,  el nivel de instrucción formal,  los recursos económicos, las creencias, o la ideología. Para el migrante las reflexiones sobre el ser,  sobre el sí mismo, están respaldadas en la realidad  que implica adentrarse en un mundo nuevo que necesita ser explicado. Migrar significa  sacar espejos de nuestras entrañas  y entender a veces con sangre, el significado de la palabra cultura. Significa reinterpretar la memoria familiar,  social, histórica.

A las pérdidas de los MIS se contrapone la ganancia de lo nuevo. Migrar significa comprender que  las “segundas patrias” no  aparecen por añadidura. Los nidos nacientes esperan ser tejidos. Y nosotros con ellos. Las casas del migrante son construidas con ladrillos materiales y con ladrillos del alma. No puedo decir que haya una manera de migrar. Cada cual lo hace como puede. El asunto está en salvarse.  En no permitirte que en ningún lugar del mundo, en tu tierra o fuera de  ella, tu mirada deje de apuntar al cielo.